ILUSIÓN INICIAL, PLANIFICACIÓN Y REALISMO.

A veces pasa que cuando nos planteamos un objetivo, el entusiasmo excesivo nos saca de la realidad y nos creamos unas expectativas que no se cumplen.

Se produce una especie de estado alterado de conciencia en el que todo lo que pensamos está influido por la ilusión, el optimismo y la euforia. Esta especie de enamoramiento al inicio de un proyecto, puede chocar con la dura realidad, varios meses después.

Mantener esta motivación inicial, es tarea imposible cuando la planificación se hace sin el necesario contacto con la realidad.

Hay que tener en cuenta que la frustración podría compararse a la distancia que hay entre nuestras expectativas y lo que realmente sucede cuando no son alcanzadas. Por eso cuanto más precisos seamos en calcular unas metas razonables, más próximas podrán estar de la realidad, y menor será la frustración si no se alcanzan.

Sin embargo, es fácil caer en ese excesivo e ingenuo entusiasmo inicial. Digamos que las ganas de hacerlo bien no dejan ver la parte de la realidad que no es tan agradable. Nos estamos refiriendo a las dificultades o a la falta de destreza. Además, están los imprevistos como los resultados adversos, contratiempos, enfermedad, errores, etc.

Nuestro cerebro no es esencialmente racional. Utilizamos la intuición y la heurística para tomar decisiones. Nos enamoramos de las personas y de los proyectos. Podemos pasar de la euforia a la depresión por una sola frustración.

Es por esto que al afrontar un nuevo proyecto debemos hacer un esfuerzo por plantearnos objetivos realistas teniendo en cuenta nuestras posibilidades sin caer en la ilusión ficticia.

Así, programar, tener claras nuestras metas, saber lo que queremos, y planificar como llegar a ello, nos facilita el actuar y dirigir nuestros esfuerzos en la dirección adecuada. Son muchos los beneficios de establecer objetivos realistas. Algunos de ellos son: mejora el rendimiento, aumenta la motivación, disminuye la ansiedad, aumenta la sensación de confianza, anima al trabajo duro y nos proporciona un punto de apoyo en los momentos difíciles.

Por otra parte, es necesario estar convencido y motivado para planificar, con un propósito que oriente nuestro trabajo, pero siempre basado en lo real. Hay que dejar templar los estados de ánimo alterados, ya que son producto de una excesiva confianza, provocada por un coctel de neurotransmisores en nuestro cerebro que, en cierto modo, actúan como drogas estimulantes. Pueden engañarnos en un “cuento de la lechera” en el que el cántaro se rompe a la primera dificultad.

Es importante que la motivación inicial continúe durante toda la ejecución del proyecto. Para ello es mejor que se base en los factores que dependan de nosotros mismos. Hablamos, entonces, de automotivación. Factor de la inteligencia emocional esencial en el trabajo.

Podemos estar motivados por nuestra constancia, por nuestro afán de superación y esfuerzo. Cosas reales que están en nuestra mano, y que son bastante independientes de los resultados o del trabajo de los demás.

Este es el secreto: asumir la realidad y mantener la automotivación. No hay otro camino que el del esfuerzo y la constancia. Las personas que hacen castillos en el aire, para después venirse abajo porque las cosas no salen a la primera, tienen muchas probabilidades de abandonar y de sentirse mal.

Por eso el conocido “Cuento de la lechera” de Félix María de Samaniego, famoso escritor español por sus fábulas del siglo XVIII, termina con estas sabias recomendaciones:

¡Oh loca fantasía!,¡Qué palacios fabricas en el viento!

Modera tu alegría; no sea que saltando de contento, al contemplar dichosa tu mudanza, quiebre tu cantarilla la esperanza.

No seas ambiciosa de mejor o más próspera fortuna; que vivirás ansiosa sin que pueda saciarte cosa alguna.

No anheles impaciente el bien futuro: mira que ni el presente está seguro.

Autor: Eduardo Lazaro Ezquerra. Socio fundador Ga Consultores.

 

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